Lluvia. Ese factor meteorológico que nos hace cambiar de humor en segundos. Algunos lo odian, yo personalmente, la amo. El sonido de las gotas de agua repiqueteando en la ventana de mi habitación, no hay cosa que más me tranquilice.
Bueno, en realidad si hay algo que me tranquiliza más, mi
trabajo. Soy detective. Si, pero no uno de esos detectives que se ven en los
libros y en las historias fantásticas, trabajo en el departamento de
investigación criminal de la policía federal
de los Estados Unidos. El FBI, para que nos entendamos. Diréis que como
puede ser este un trabajo tranquilo, ¿No? Bueno, las cosas aquí no son como las
veis en la televisión, la mayor parte del tiempo me lo paso haciendo papeleo,
olvidándome de mi triste vida mientras me ocupo de revisar y firmar los papeles que van trayendo a mi mesa
de trabajo.
Desde pequeño me han gustado las investigaciones
criminalísticas, sin embargo, nunca pensé que el trabajo de detective fuese
así. Me pasé toda mi juventud estudiando para llegar a lo que soy yo, nunca
tuve amigos de verdad, nunca tuve novia. Sacrifiqué todo lo que podía obtener
por estar sentado en una silla de cuero negro desgastado todos los días durante
nueve horas. Sin embargo, como he dicho, no me molesta. Todos los seres humanos
tenemos algo que nos hace felices, en mi caso es el trabajo. O al menos era,
hasta que pasó aquello…
Bueno, permítanme presentarme antes de nada. Mi nombre es
Harold Holden. Tengo 36 años, y actualmente vivo en el vecindario de Maywood,
en Arlington. Todas las mañanas cojo el coche hasta Washington, donde están las
oficinas del FBI. Aquella era una mañana como otra cualquiera, era un Lunes
lluvioso, el ruido que hacían las gotas de agua en las ventanillas de mi coche
parecía formar armonías que jugueteaban junto con el sonido de los claxons de
los coches, algo típico teniendo en cuenta el atasco que se había montado en el
puente de Theodore Roosevelt a causa de un accidente. “Agh, otra vez tarde”
pensé, y encendí la radio con la intención de escuchar un poco de música. Del
dispositivo de radio comenzó a sonar “Hey Brother” de Avicci. Suspiré para mis
adentros. ”Ya no hay música como la de antes”. Estaba apagando la radio de
nuevo cuando mi móvil empezó a sonar.
-¿Diga?
-¡Harold! ¿Dónde coño estás? ¡Tenemos una urgencia aquí!-
Dijo una áspera voz desde detrás de la línea.
-Buenos días a ti también, ¿Qué, algún papel que firmar o
algo? –Dije con voz irónica.
-Ven aquí cagando leches, es algo serio, joder. –Dijo antes
de colgar bruscamente.
Reí para mis adentros. “¿Algo serio? ¿A mí? Soy solo un
detective raso, ¿Qué coño quieren de mí?” pensé. Sin embargo, no sabía cuánto
iba a cambiar mi vida en cuanto recorriese los tres kilómetros que me separaban
de las oficinas de la Agencia Federal de Investigación de los Estados Unidos.