miércoles, 22 de octubre de 2014

PRÓLOGO


Lluvia. Ese factor meteorológico que nos hace cambiar de humor en segundos. Algunos lo odian, yo personalmente, la amo. El sonido de las gotas de agua repiqueteando en la ventana de mi habitación, no hay cosa que más me tranquilice.
Bueno, en realidad si hay algo que me tranquiliza más, mi trabajo. Soy detective. Si, pero no uno de esos detectives que se ven en los libros y en las historias fantásticas, trabajo en el departamento de investigación criminal de la policía federal  de los Estados Unidos. El FBI, para que nos entendamos. Diréis que como puede ser este un trabajo tranquilo, ¿No? Bueno, las cosas aquí no son como las veis en la televisión, la mayor parte del tiempo me lo paso haciendo papeleo, olvidándome de mi triste vida mientras me ocupo de revisar y  firmar los papeles que van trayendo a mi mesa de trabajo.
Desde pequeño me han gustado las investigaciones criminalísticas, sin embargo, nunca pensé que el trabajo de detective fuese así. Me pasé toda mi juventud estudiando para llegar a lo que soy yo, nunca tuve amigos de verdad, nunca tuve novia. Sacrifiqué todo lo que podía obtener por estar sentado en una silla de cuero negro desgastado todos los días durante nueve horas. Sin embargo, como he dicho, no me molesta. Todos los seres humanos tenemos algo que nos hace felices, en mi caso es el trabajo. O al menos era, hasta que pasó aquello…
Bueno, permítanme presentarme antes de nada. Mi nombre es Harold Holden. Tengo 36 años, y actualmente vivo en el vecindario de Maywood, en Arlington. Todas las mañanas cojo el coche hasta Washington, donde están las oficinas del FBI. Aquella era una mañana como otra cualquiera, era un Lunes lluvioso, el ruido que hacían las gotas de agua en las ventanillas de mi coche parecía formar armonías que jugueteaban junto con el sonido de los claxons de los coches, algo típico teniendo en cuenta el atasco que se había montado en el puente de Theodore Roosevelt a causa de un accidente. “Agh, otra vez tarde” pensé, y encendí la radio con la intención de escuchar un poco de música. Del dispositivo de radio comenzó a sonar “Hey Brother” de Avicci. Suspiré para mis adentros. ”Ya no hay música como la de antes”. Estaba apagando la radio de nuevo cuando mi móvil empezó a sonar.
-¿Diga?
-¡Harold! ¿Dónde coño estás? ¡Tenemos una urgencia aquí!- Dijo una áspera voz desde detrás de la línea.
-Buenos días a ti también, ¿Qué, algún papel que firmar o algo? –Dije con voz irónica.
-Ven aquí cagando leches, es algo serio, joder. –Dijo antes de colgar bruscamente.
Reí para mis adentros. “¿Algo serio? ¿A mí? Soy solo un detective raso, ¿Qué coño quieren de mí?” pensé. Sin embargo, no sabía cuánto iba a cambiar mi vida en cuanto recorriese los tres kilómetros que me separaban de las oficinas de la Agencia Federal de Investigación de los Estados Unidos.


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